Objeto Tierra: Mariano Caballero Espericueta
historiador

El hombre, en el transcurso de la historia, ha sentido la necesidad de elaborar obras colosales con un significado iconográfico muy dispar. Desde el punto de vista místico-ritual, los misteriosos conjuntos megalíticos distribuidos por toda Europa -dólmenes y menhires- fueron erigidos por el hombre de norte a sur del continente. Su magnitud y significación mágica, anunciando el solsticio de verano, lo integran en esa exigencia humana de controlar los fenómenos de la naturaleza que la madre tierra posee. Así, los druidas celtas se convirtieron en los auténticos conocedores y manipuladores de los secretos que ofrece nuestro planeta.

Otras civilizaciones también experimentaron la obligación, en ocasiones obsesiva, de establecer un vínculo con la divinidad mediante una obra de formidable magnitud. En el caso del pueblo egipcio, Faraón era Dios encarnado, Dios viviente, autoridad sin discusión. Para él se construían los edificios funerarios más diversos; mastabas, pirámides y pirámides escalonadas e hipogeos, protegían los cuerpos inertes mientras que el alma quedaba errante en el mundo y el espíritu viajaba hacia Ra para someterse al juicio de Osiris. Las construcciones más importantes construidas para este fin se realizaron durante la IV dinastía en Gizeh. El grupo de pirámides de Keops, Kefrén y Mikerinos es su máximo exponente. Tampoco debemos olvidarnos del zigurat o gran montaña sagrada; ampliación de los templos de la etapa sumeria, que podía alcanzar hasta cinco pisos. El templo o zigurat era rematado con un observatorio astronómico. Escalonadas son también las pirámides precolombinas y con idénticas funciones religiosas.

La civilización occidental en los siglos XIII a XV heredó fundamentalmente de la tradición romana -las basílicas- y de la era alto medieval -monasterios e iglesias- la intención de levantar edificios perdurables como medio por el cual se establecían los contactos con la divinidad. No obstante, el Gótico, expresión artística que rompe con el oscurantismo del Románico, añade en sus construcciones más significativas, -las catedrales- su inconfundible suntuosidad, equiparando ésta a la finalidad religiosa. Todo ello se debe en gran medida al burgués que desde el gremio financia las construcciones y compite con otros burgos en la grandiosidad de las catedrales. Éstas asumieron funciones políticas, civiles e, incluso, lúdicas, así como introdujo un concepto lumínico que se añadía al esplendor de la obra, producto de una teología gótica contrapuesta a la sobriedad románica. Toda Europa se plagó de estas edificaciones; en Francia Beauvais o París, en España Burgos o Barcelona y en Alemania Ulm, son algunos de los mayores exponentes.

Desde el punto de vista estrictamente artístico, a partir de los siglos XIX y XX las producciones empezaron a cambiar; la carga iconográfica de las mismas comenzó a cobrar importancia. El arte ya no era un instrumento al servicio de la ornamentación monumental y de la mera plasmación de lo bello en un cuadro o escultura. Como señala Hegel "el arte no tiene otro destino que, manifestar bajo forma sensible y adecuada, la idea que constituye el fondo de las cosas; y la filosofía del arte, por consecuencia tiene como fin principal aprehender, mediante el pensamiento abstracto, esta idea y su manifestación bajo la forma de lo bello en la historia de la humanidad". Efectivamente, las obras colosales que se llevaron a cabo a partir del siglo XIX, no sólo poseían una funcionalidad religiosa o arquitectónica; la realización por parte del ingeniero Gustave Eiffel de una torre en el campo de Marte, como atracción de la Exposición Universal de París del año 1889, supuso un cambio radical. Sus 333 metros la convirtieron en la construcción más alta de Europa y por un largo período, del mundo, no obstante, es evidente la importancia que adquirió la torre como nuevo desafío de la técnica -con un material como el hierro y una demostración de los avances en cálculo matemático-, de igual forma, se produjo un perfeccionamiento en la creación de obras de arte de enormes magnitudes.

Con la consolidación de los Estados Unidos de América como primera potencia mundial, el arte monumental se trasladó a sus fronteras. Desde el punto de vista arquitectónico, la escuela de Chicago, -aparecida en el último cuarto del siglo XIX- puso en marcha la erección de numerosos rascacielos, símbolo de su prosperidad e impulso. En lo que respecta a obras puramente artísticas -con una iconografía que exalta los valores nacionales- debemos resaltar la colosal obra que inmortaliza algunos de los presidentes de los EE.UU. en los montes Rushmore. Pero quizá la más representativa es la alegoría de la libertad representada por una escultura femenina, elaborada por el francés Auguste Bartholdi y donada por el gobierno francés al americano con motivo de la conmemoración del centenario de su independencia (1876).

El siglo XX ha supuesto la introducción de nuevas formas de expresión artística. El creador no sólo atiende la voluntad del comprador o las modas imperantes, sino que dedica gran parte de su actividad a la investigación y elaboración de obras, cuyo único objetivo será el plasmar esa búsqueda. No se interprete mal esta reflexión; claro está que el Quattrozento italiano o los claroscuristas otorgaban importancia a las mejoras y nuevas corrientes; no obstante, la verdadera ruptura se produjo con la llegada de doctrinas tales como el impresionismo, la abstracción o el cubismo. El artista, el hombre contemporáneo, por su formación intelectual, otorgan gran importancia a lo conceptual. Advierte Ortega: "la atención del artista ha comenzado fijándose en la realidad externa; luego, en lo subjetivo; por último, en lo intrasubjetivo". A partir de este período, el concepto ha superado a la obra.

La obra propuesta por los artistas Josechu Dávila y PSJM sorprende por su magnitud. Paradójicamente, el siglo XX adolece de magnas obras de arte -si eliminamos las grandes construciones arquitectónicas y nos ceñimos al sentido estricto de la acepción - , aún más; estamos ante la primera gran obra en que el concepto se convierte en obra de arte en sí. La manipulación diametral del globo terráqueo -algo materialmente imposible de realizar- se representa mediante la erección de un cubo monumental y otro excavado en su antípoda. El gran tamaño de estos iconos -si bien preferible- no es necesario gracias a lo anteriormente expuesto. En los albores del siglo XXI, nos encontramos ante un proyecto artístico esperanzador; por un lado, retoma la necesidad -casi druídica- de utilizar nuestro planeta como uno de los elementos imprescindibles en nuestro devenir histórico, por otro, otorga al concepto la máxima importancia en su elaboración. Con toda seguridad, el nuevo siglo nos depara, en todos los ámbitos y, por ende, en lo artístico, novedosas iniciativas.

© Mariano Caballero Espericueta, HistoriaDigital.com, 2001

© josechu dàvila buitròn 1999